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Entrevistamos a Elisabet Tasa Vinyals, investigadora del sesgo de género en la práctica médica

ETppal

 

“El falso universal masculino coexiste con un abordaje clínico diferencial basado en los roles de género”

 


 

Hace ya algun tiempo nos pusimos en contacto con Elisabet, por aquello de que no somos expertas de todo, y que ni mucho menos se nos caen los anillos por preguntar aquello que no sabemos. Elisabet nos encantó, nos recibió en su despacho de la Universitat Autònoma de Barcelona con una dulce sonrisa, y mucho entusiasmo por conocer más sobre projecte ella, había visitado nuestra web y parecía fascinada. Y fascinadas también salimos de aquel despacho nosotras, habiendo descubierto casi un mundo nuevo en las palabras de Elisabet. Desde entonces han pasado ya algunos meses, pero no podemos negar que a pesar del tiempo transcurrido hay una especie de fuerza que termina por juntarnos de vez en cuando, ella se acuerda de nosotras y nos manda un mensaje, nosotras leemos algun artículo suyo y os lo recomendamos… A raíz de nuestra decisión de abrir el blog e invitar a personas a colaborar en él, no cabe ninguna duda que uno de los primeros nombres que nos pasó por la cabeza como posible colaboradora de nuestro blog era ella y fué así, como de una propuesta de colaboración surgió esta entrevista, en la que quisimos pedirle a Elisabet que nos diera una aproximación con palabras comprensibles y claras sobre qué significa investigar el sesgo de género. Deseamos que la entrevista que os compartimos a continuación os resulte tan altamente interesante como nos resultó a nosotras.

 

Hay pocos expertos y expertas en esta temática porque el volumen de investigación que suscita actualmente es relativamente bajo. Es así incluso a nivel internacional, a pesar de la existencia de grupos potentes en algunas zonas geográficas, especialmente en Escandinavia, donde el género es una prioridad. A nivel de conocimiento popular, es más un tema de prioridades informativas de los medios de comunicación de masas: si bien es cierto que es un tema delicado que requiere de un abordaje especialmente riguroso a la hora de divulgarse al público general -en el sentido que habría que contar con un periodismo y una ciudadanía media aceptablemente alfabetizada en temas científico-médicos y de género-, lo cual hoy en día es improbable. A nivel de avance, en las últimas décadas se han llevado a cabo importantes estudios sobre sesgo de género en el caso concreto del síndrome[1] de isquemia coronaria[2] , que han permitido actualizar algunos protocolos en base a la incorporación de la presentación típica de este síndrome en las mujeres, que difiere considerablemente de la presentación habitual en los hombres[3] . Antes de esta actualización de protocolos, muchas mujeres veían empeorado su pronóstico o incluso su supervivencia debido a un enfoque erróneo -androcéntrico[4] de su proceso diagnóstico. Este es un ejemplo claro de sesgo de género, el cual se puede definir en medicina y salud como el abordaje diagnóstico o terapéutico de un paciente basado en creencias de género y no en la evidencia científica. Estas creencias pueden ser de tipo androcéntrico (la mujer es concebida como un apéndice del hombre y se le aplican las mismas intervenciones y pautas que se han demostrado eficaces en él) o de tipo sexista (la mujer se concibe en base a los significados heteropatriarcales como ser pasivo, endeble o reproductor, etc; la mujer es menos racional y por tanto menos tributaria de credibilidad, etc.). Dicho de otra forma: el sesgo de género en la práctica médica se produce cuando un profesional orienta de forma inapropiadamente distinta o inapropiadamente universal la anamnesis , el diagnóstico o el tratamiento en función del género del paciente sin que la evidencia científica disponible lo justifique. El falso universal masculino coexiste con un abordaje clínico diferencial basado en los roles de género y en creencias sexistas. Evidentemente, no es sólo patrimonio de los médicos: se puede dar en todas las profesiones sanitarias (enfermería, psicología, fisioterapia, dietética…).

 

El heteropatriarcado es un potente sistema que nos envuelve a todas las personas. Aunque ciertamente la formación de tipo psicosocial y constructivista en la psicología es muy firme, en contraste con el preocupante simplismo y reduccionismo que achaca -en mi opinión y experiencia- la formación médica, no me atrevería a decir que las consultas psicológicas estén libres de sesgo de género.

 

“El sesgo de género en la práctica médica se produce cuando un profesional orienta de forma diferente la anamnesis, el diagnóstico o el tratamiento en función del género del paciente sin que la evidencia científica disponible lo justifique”

 

No lo sería, aunque hay que matizar que la indicación de tratamiento diferenciado puede venir dada por el género o por el sexo, o por una combinación de ambos. Es decir, es posible que existan diferencias fisiológicas entre mujeres y hombres que hagan deseable un abordaje médico diferencial o que definan formas de presentación clínica diferenciadas, como sucede por ejemplo en el caso que acabamos de comentar de la isquemia cardíaca; y puede que en algunas patologías las diferencias no sean fisiológicas sino de tipo psicosocial, derivadas de la construcción social de lo que significa ser hombre o mujer, como ocurre muchas veces en salud mental (aunque también en patología somática ; por ejemplo, el riesgo de ciertas lesiones es mayor en hombres o en mujeres porque tradicionalmente más personas de uno u otro sexo se dedican a unas determinadas ocupaciones). En estos casos, evidentemente, lo adecuado es hacer un abordaje diferencial para mujeres y hombres, y no hacerlo es también una forma de sesgo de género. Concretamente, un sesgo androcéntrico, puesto que lo más común es que se trate a toda la población en base al modelo masculino. Para entenderlo, hay que mencionar que la evidencia científica se basa en la investigación, que a menudo es androcéntrica: por tanto, que no se hayan descrito diferencias entre los sexos/géneros no tiene por qué significar que no existan, puesto que la mayoría de los ensayos clínicos no incluyen a mujeres, igual que tampoco suelen incluir determinados grupos de edad o etnias. Sólo el 24% de los ensayos clínicos incluyen mujeres y sólo en el 12% de los ensayos se realiza un análisis específico de género. El conocimiento que obtenemos de los ensayos clínicos suele ser válido para los hombres blancos de mediana edad, y se extrapola sistemáticamente al resto de la población. De la misma manera, puede que haya estudios que concluyan la existencia de diferencias entre mujeres y hombres cuando realmente no existen, porque el diseño del estudio está en sí mismo sesgado en base a estereotipos de género. En este caso, los hallazgos tenderán a corroborar la hipótesis implícita inicial, puesto que los datos se han obtenido y analizado partiendo de ideas preconcebidas.

 

“La evidencia científica se basa en la investigación, que a menudo es androcéntrica”

 

La recomendación se remonta varias décadas atrás, pues se produjeron daños embrionarios y fetales en mujeres que participaban en estudios y se empezó a recomendar que los protocolos vetaran a todas las mujeres, inclusive las estériles, célibes o lesbianas, en atención a una eventual posibilidad de embarazo. Posteriormente, la epidemiología feminista ha reclamado el legítimo derecho de las mujeres a verse representadas en los resultados de la investigación biomédica, la cual evidentemente contribuimos a financiar, por lo cual nos queremos beneficiar plenamente de ella. Desde los años 90 se recomienda la inclusión de mujeres en los ensayos y la perspectiva de género en la interpretación de los resultados de los mismos, aunque a la práctica esto todavía no se ha producido. De hecho, es obvio que por motivos éticos la ciencia debería ser lo más representativa e inclusiva posible, puesto que es la única forma de que el conjunto de la sociedad se beneficie realmente de ella. Además, por motivos epistemológicos también debe ser así, ya que actualmente estamos construyendo un corpus de conocimiento científico irreal por sesgado y desenfocado.

 

Risberg, que es una investigadora sueca, y sus compañeras (2009) hablan de dos posibles mecanismos, que ya propusieron en su día Ruiz y Verbrugge (1997). El primero de los mecanismos consiste en aplicar el mismo protocolo uniformizado y, como hemos visto, muy a menudo basado en resultados masculinos a toda la población. Por tanto, se asume que no existen diferencias entre mujeres y hombres cuando en realidad sí existen, pero éstas se desconocen o se negligen porque el sistema adopta lo masculino como normativo. Es el caso del infarto de miocardio que hemos comentado. El segundo de los mecanismos consiste en hacer todo lo contrario, es decir, asumir que hay diferencias entre hombres y mujeres que justifican un abordaje diferencial cuando en realidad no las hay, sino que la variabilidad que puede haber entre dos individuos de distinto género no es superior a la variabilidad interindividual existente en la población. La asunción de diferencias o de igualdad, claro está, puede ser consciente o inconsciente, siendo mucho más frecuente el segundo caso. No es que los profesionales estén convencidos racionalmente que hombres y mujeres son tributarios de diferente calidad asistencial, sino que sus prejuicios inconscientes les hacen adoptar actitudes diferentes en función del género del paciente que tienen delante, sin que muchas veces se percaten de ello. A veces la elección de una u otra estrategia puede justificarse a posteriori con datos a menudo falsos o inexactos, pero que en nuestra mente figuran como verdaderos (como por ejemplo podría ser la creencia según la cual las mujeres tienen más problemas de salud porque su naturaleza es más endeble y por tanto más proclive a enfermar). Un ejemplo de este segundo mecanismo lo tenemos en un estudio del equipo escandinavo, que mostró que los médicos recién licenciados tendían a tratar de forma diferente el síndrome del intestino irritable si éste se presentaba en una mujer que si lo hacía en un hombre, cuando no existe ninguna evidencia firme de tratamiento diferencial en el caso de esta patología.

 

“No es que los y las profesionales estén convencidos racionalmente que hombres y mujeres son tributarios de diferente calidad asistencial, sino que sus prejuicios inconscientes les hacen adoptar actitudes diferentes en función del género del paciente que tienen delante”

 

Para las mujeres, los médicos prescribieron más frecuentemente cambios en el estilo de vida, como la recomendación de dieta o ejercicio. Para los hombres, se prescribieron más procedimientos diagnósticos, algunos invasivos. Cabe decir que el caso clínico modelo que se les presentó era exactamente el mismo, variando únicamente el género del paciente. Y éstos fueron los resultados. Y esto fue en Suecia, que es el “mundo civilizado”: hasta tienen, desde hace poco, un partido específicamente feminista con representación parlamentaria.

etv2Fotografía: Gemma Marco LLobet

No hay muchos estudios que hayan utilizado esta metodología, la de la presentación de casos clínicos modelo en formato texto o gráfico. Esta forma de proceder va muy bien porque permite controlar perfectamente las demás variables del caso, que podrían actuar como confusionales, como las demás características del paciente o de su enfermedad. Se puede presentar exactamente el mismo caso y variar únicamente la variable independiente, el género. Es la metodología que estoy utilizando en mi tesis doctoral, y hasta donde tengo conocimiento será la primera vez que se replique un estudio de estas características en España. Sin embargo, hay otros estudios publicados en relación al fenómeno del sesgo de género, de tipo más epidemiológico, que demuestran diferencias de género en la utilización de servicios sanitarios, tiempo de demora entre los síntomas y la consulta con un profesional, tiempo de espera hasta ser atendido en el centro sanitario, realización de pruebas diagnósticas y prescripción de determinados tratamientos, entre los cuales destacan los analgésicos y los ansiolíticos, así como otros psicofármacos. En este sentido, se ha estudiado también el fenómeno de medicalización de la fisiología femenina, como ocurre con la terapia hormonal sustitutiva que hasta hace unos años se administraba a muchas mujeres que no la precisaban, o como es también el caso de la medicalización del legítimo malestar emocional femenino.

 

“Para las mujeres, las y los médicos prescribieron más frecuentemente cambios en el estilo de vida, como la recomendación de dieta o ejercicio. Para los hombres, se prescribieron más procedimientos diagnósticos, algunos invasivos”

 

Las mujeres consumen muchos más psicofármacos ansiolíticos y antidepresivos que los hombres. Hay quien dice que es porque la prevalencia femenina de estas patologías es mayor, cosa que hasta hoy se puede considerar cierta, por lo menos en base a los datos puramente descriptivos. Sin embargo, sabemos que los hombres son más reacios a consultar por este tipo de problemáticas y ello puede conducir a un infradiagnóstico; y podemos intuir también que los y las profesionales son más proclives a diagnosticar estas patologías en las mujeres, lo cual puede conducir a un sobrediagnóstico. Además, aunque fuera cierto que las mujeres presentaran, realmente, más trastornos ansiosos y afectivos que los hombres, a menudo esto es interpretado como sinónimo de una mayor vulnerabilidad a los mismos, cuando en realidad esto no ha sido nunca claramente demostrado. Sí se ha demostrado, en cambio, que la probabilidad de padecer acontecimientos vitales estresantes es, en general, mayor en las mujeres: sólo hace falta ver las cifras de violencias machistas (las reales, las que incluyen los (mal)llamados micromachismos que van destruyendo día a día la autoestima de las mujeres, y no solamente los datos oficiales que sacan los medios de comunicación de masas, con un tratamiento periodístico vergonzoso por cierto, cuando se ha producido un asesinato machista). En la Universitat Autònoma de Barcelona, el Observatorio por la Igualdad dispone de datos de más de 21000 estudiantes universitarias de toda Europa acerca de sus experiencias con las violencias sexuales (acoso sexual, tocamientos, violaciones…). Los datos son escalofriantes. Casi una cuarta parte de estas chicas jóvenes ha sufrido acoso sexual, a menudo en el contexto universitario. Con ello, y dado que los acontecimientos vitales estresantes son factor de riesgo o precipitante claro para muchas psicopatologías, puede que la mayor prevalencia de ansiedad y depresión en mujeres no sea una cuestión de vulnerabilidad al estrés, sino de experiencias de violencia objetivamente mayores. Es sobradamente sabido que el estrés provoca la sobreactivación de diferentes sistemas fisiológicos, lo cual predispone al fallo orgánico. Además, el hecho de que muchas personas no tengan claro que las formas de violencia no extremas y agudas (es decir, todo lo que no sean asesinatos, lesiones graves o violaciones con penetración forzada) son violencias machistas contribuye al mantenimiento y empeoramiento de esta sintomatología crónica, no silente sino silenciada o que permanece inexplicada, puesto que muchas mujeres no se atreven a formular en voz alta su sufrimiento, mientras que muchas otras participan hasta tal punto del sistema patriarcal que ni siquiera lo entienden. Y no entender el propio sufrimiento impide poder procesarlo, lo cual lo eterniza y agrava.

 

El hecho de haber sufrido violencia, o sufrirla constantemente a dosis pequeñas, va minando la autoestima, y el hecho de que la sociedad no lo considere violencia, lo normalice y lo legitime hace que la persona se encuentre cada vez más sola en su sufrimiento y llegue a culpabilizarse por él. Además, está el tema de la identidad heterodesignada de las mujeres. El discurso público sobre lo que es y lo que implica ser mujer ha sido construido por el poder masculino, y a día de hoy todavía no podemos decir que esto haya cambiado. Esto genera una experiencia de disonancia cognitiva en muchas mujeres, puesto que su autoconcepto percibido no coincide con el discurso sobre la mujer que emite el poder. Por ejemplo, una mujer que no sea atractiva según los cánones estéticos dominantes, pero que en cambio sea una excelente profesional, podrá sentirse disonante porque, según el discurso sobre la mujer imperante, ella no es una “buena mujer”: puesto que para serlo tendría que ser atractiva y, sólo en segundo lugar, una buena profesional. La publicidad nos dice que lo más importante en una mujer es el aspecto físico, mientras que el terreno profesional es más importante para la definición del hombre. La experiencia de disonancia cognitiva, pues, es legítima: sin embargo, puede acabar en consulta y siendo tratada médicamente, cuando en realidad es el sistema lo que está mal, lo que genera una legítima ansiedad en la mujer que ve limitada su autorealización por la identidad heterodesignada. Recientemente he realizado un estudio en el cual he obtenido datos de la prevalencia de actitudes, creencias y principios machistas en estudiantes de nivel universitario: aunque globalmente los resultados han sido bastante progresistas, en algunas áreas temáticas los datos son escalofriantes. En líneas generales, nuestro estudio indica que los y las estudiantes (adultos jóvenes) son capaces de identificar las situaciones recalcitrantes o muy extremas de machismo, pero no las que son un poco menos evidentes. Mi interpretación es que cognitivamente hablando estamos anclados y ancladas en el pasado, en comparación con potencias como Suecia, Noruega o Canadá.

 

“El discurso público sobre lo que es y lo que implica ser mujer ha sido construido por el poder masculino. […] Esto genera una experiencia de disonancia cognitiva en muchas mujeres, puesto que su autoconcepto percibido no coincide con el discurso sobre la mujer que emite el poder”

 

Evidentemente, pero no únicamente a ellas, ¡por supuesto! El sistema es malo para las mujeres y para los hombres, puesto que limita a ambos géneros, los comprime dentro de cotillas de las cuales no pueden salir. Esto recibe el nombre de mixed-blessing of male gender, pues en etapas iniciales del feminismo, antes de incorporar a los hombres al movimiento como se está haciendo ahora, se tendía a pensar que el patriarcado sólo funcionaba en una dirección y que ellas eran las oprimidas mientras que ellos eran los afortunados ganadores. Sin embargo, esto no es así, como se demuestra con temas de tanta actualidad como el permiso de paternidad: a día de hoy aún se priva a los hombres del derecho de disfrutar de sus propios hogares y criaturas. En el plano médico, el sesgo de género puede retardar el apropiado diagnóstico y tratamiento de muchos hombres, puesto que según cual sea su motivo de consulta el profesional que los va a atender estará menos dispuesto a tomarlos en serio. Esto, sumado al hecho que los hombres suelen tardar más en consultar cuando se trata de determinados tipos de sintomatología, ya supone un retraso probable en el diagnóstico. Se ha visto también una mayor tendencia a la realización de pruebas médicas, no siempre necesarias, en los pacientes hombres: es como una necesidad de objetivar que con las mujeres a veces es negligida, justamente al contrario. Como el discurso patriarcal comprende entre las características definitorias de la feminidad una cierta inestabilidad psicológica (recordemos que, según la Real Academia Española, hasta hace cuatro días éramos terminológicamente débiles y endebles, en contraposición a los términos fuerte y viril definitorios de varón), se asume que cuando ésta se presenta es normal y no hay que hacerle demasiado caso. En cambio, cuando la vulnerabilidad que supone la patología se presenta en un hombre, contradice la definición de masculinidad del heteropatriarcado, según la cual parece que el hombre no tiene sentimientos y no está legitimado para sufrir, y entonces es motivo de alarma y se tiende a pensar que algo en el plano somático no va bien. Muchos hombres podrían beneficiarse probablemente de terapias psicológicas o de cambios de estilo de vida que a menudo se demoran en buscar o tardan en serles prescritas.

etv3Fotografía: Gemma Marco Llobet

En este sentido, parece ser que las mujeres utilizan más los servicios de atención primaria o ambulatoria, mientras que los hombres son usuarios mayoritarios de las instalaciones hospitalarias. Si nos fijamos en los procedimientos o intervenciones médicas, diagnósticas o terapéuticas, de última generación (es decir, las tecnologías más avanzadas), los hombres las utilizan más que las mujeres.

 

Muy probablemente. De hecho, los carteles que la Generalitat de Catalunya ha hecho para difundir la diferente presentación de la isquemia miocárdica en mujeres y la necesidad de reconocer los síntomas para solicitar inmediatamente ayuda médica, dice algo así como: “Si siempre corres por los demás, ¿por qué no corres cuando se trata de ti?”. La inmensa mayoría de las personas cuidadoras de enfermos crónicos son mujeres: son las que dejan de trabajar, total o parcialmente, para cuidar a las criaturas y a las personas mayores. Hay una viñeta en internet, de broma, que muestra un hombre con gripe en la cama y con cara de estar moribundo; y, al lado, una mujer con cáncer, sin pelo, recogiendo a los niños en el colegio mientras habla por teléfono y hace la compra. La mujer soporta una doble jornada, lo cual por cierto repercute negativamente sobre su salud de forma directa, y además ello hace que su atención esté más focalizada en los demás, con lo cual no puede hallarse tan focalizada en ella misma.

 

“Cuando la vulnerabilidad que supone la patología se presenta en un hombre, contradice la definición de masculinidad del heteropatriarcado […] y entonces es motivo de alarma y se tiende a pensar que algo en el plano somático no va bien”

 

Esto lo hacen muchas personas, mujeres y hombres. Se dice que las mujeres hemos sido educadas para ser más introspectivas, mientras que a los hombres se les enseña a estar más pendientes de lo que pasa en el exterior. A menudo esto es la causa de que los hombres tiendan a minimizar sus síntomas, a restarles importancia, posponer la consulta, o incluso a negarlos.

 

Esto puede ocurrir cuando los síntomas, aun siendo muy incapacitantes, son de tal índole que toca el plano psicológico, y muy especialmente si disparan contra la construcción del género masculino: es decir, si suponen malestar emocional (para el cual no están legitimados) o si suponen una aparente disminución del vigor sexual, como la disfunción eréctil. Pensemos que para muchos hombres la fuente principal de aprendizaje sexual han sido y son las películas pornográficas; por tanto, no tienen mucho conocimiento de lo que es una erección normal. Enseguida se acomplejan si no consiguen mantener una erección dura como una piedra y exactamente igual durante toda la relación sexual, cuando, en realidad, cualquier sexólogo te dirá que esto es lo más normal del mundo. El problema es que muchas veces, en primera instancia, se consulta al médico de cabecera u otro profesional que no está tan acostumbrado como el sexólogo a ver casos de hombres con el mismo problema: y es cuando puede sobrevenir más fácilmente el sesgo de género, quizás restando importancia a una problemática que para el paciente es muy importante, o enviándolo al urólogo para realizar pruebas físicas aun cuando la anamnesis oriente claramente a un problema tributario de tratamiento con el sexólogo o el psicólogo. No estoy diciendo que esté de más realizar pruebas médicas para descartar causa orgánica, pero hay casos en los cuales ésta es muy improbable y quizás sería bueno empezar cuanto antes con el tratamiento que muy probablemente va a ser eficaz.

etv4Fotografía: Gemma Marco Llobet

A veces, incluso, ¡ni siquiera hay problema!, como he explicado antes con el caso del paciente que viene muy preocupado casi convencido de que es impotente porque en algunos momentos la erección se le baja un poco durante la relación sexual. La o el médico sesgado, en lugar de decirle que esto es normal y que lo que no es normal es lo de las películas, probablemente le dará más importancia de la que tiene y le mandará al urólogo: el hombre saldrá de la consulta angustiado con un volante de derivación pensando que tiene algo grave y con la ansiedad típica de cuando tienen que hacerte una prueba médica. En cambio, si el médico es perspicaz y realiza unas buenas anamnesis y exploración física donde quede evidenciado que no hay síntoma o signo de problemática física alguna, quizás puede atacar el problema de forma más eficiente tranquilizando el paciente o, en todo caso, derivándolo al o la profesional adecuada, que en este caso sería el especialista en sexología o psicología. No obstante, siguiendo con el mismo ejemplo, si una mujer consulta al médico de cabecera por dispareunia o anorgasmia, que obviamente es algo muy incapacitante, el o la profesional sesgada puede considerar que es hasta normal que una mujer presente estos problemas, sobre todo si es de una determinada edad, y mandarla a casa -quizá incluso con algún ansiolítico- sin intentar averiguar si la causa es ginecológica o psicológica, sabiendo que por probabilidad estadística en la inmensa mayoría de los casos será psicológica, y sin tramitar la derivación oportuna.

 

Mira, tampoco se suele recibir muy bien la indicación de realizar una colonoscopia, o la derivación a psiquiatría para controlar y afinar un tratamiento antidepresivo iniciado en la consulta del médico de familia y que se está empezando a ir de las manos. La primera es una prueba muy invasiva y con connotaciones especialmente negativas derivadas del ambiente homófobo subyacente en ciertos sectores sociales; la segunda es como una invitación para iniciar una relación regular con un médico que se ocupa de los “locos”/ “las personas locas”. Hay muchos prejuicios en el mundo de la salud que habría que destruir: el estigma hacia quien se trata con especialistas es sólo uno más. Evidentemente, la construcción psicosocial de la masculinidad tiene mucho que ver aquí: ya hemos comentado cuáles son las características que definen cómo tiene que ser un hombre en el sistema heteropatriarcal, y dichas características son las de alguien que, en caso de existir, nunca tendría un problema de índole psicológica o sexual que hubiera que tratar con ningún profesional. El hecho de necesitarlo, pues, en el marco de este sistema, implica que se es “menos hombre” o, peor aún, que se ha fracasado como hombre. Sentimiento que, por cierto, tiende a agravar el cuadro inicial.

 

“La construcción psicosocial de la masculinidad tiene mucho que ver aquí: […] las características que definen cómo tiene que ser un hombre en el sistema heteropatriarcal [… ] son las de alguien que, en caso de existir, nunca tendría un problema de índole psicológica o sexual que hubiera que tratar con ningún profesional”

 

Las mujeres suelen reconocer que se encuentran mal, y de hecho están siempre por detrás de los hombres en los estudios de salud percibida; es decir, su percepción sobre su propia salud es peor. La llamada paradoja de la longevidad consiste básicamente en que las mujeres viven más, pero con peor calidad de vida. Sin embargo, como el malestar femenino está, hasta cierto punto, legitimado, el resultado es el mismo: le quitan importancia. Se considera normal, por ejemplo, que una mujer esté cansada, ansiosa, o que tenga la autoestima baja. Cuántas mujeres te dirán, si les preguntas, y sin darle mucha importancia, que hace días o incluso semanas que no se encuentran bien, que tienen dolor de espalda, de cabeza, malestar… Pero parece que esto sea lo normal, que sea parte de la vida. Evidentemente, cuando hay un cuadro clínico de gravedad tanto hombres como mujeres suelen reconocerlo e ir al médico: pero a veces la patología más prevalente y más cotidiana puede ser muy incapacitante.

 


Notas:

 

[1]Síndrome: conjunto de signos y síntomas que caracterizan un proceso patológico. Distintas enfermedades o entidades nosológicas distintas, con causas diferentes, pueden cursar clínicamente con un mismo síndrome. Fuente: adaptado de http://www.medic.cat/

[2]Isquemia coronaria: déficit de irrigación del miocardio por reducción absoluta o relativa del flujo arterial coronario. Según la intensidad o la durada de la isquemia, las alteraciones de las células miocárdicas varían en importancia, desde una necrosis a simples modificaciones del metabolismo celular sin trastornos morfológicos ni funcionales. La isquemia miocárdica se suele manifestar clínicamente como angina de pecho, arritmias, o insuficiencia cardíaca. Fuente: adaptado de http://www.medic.cat/

[3]Para una visión panoràmica sobre ello, ver The Woman’s Heart Attack, en The New York Times (26 de septiembre de 2014): http://www.nytimes.com/2014/09/28/opinion/sunday/womens-atypical-heart-attacks.html?_r=0

[4]Androcentrismo: visión del mundo y de las relaciones sociales centrada en el punto de vista masculino, que sitúa al hombre en el centro de todas las cosas y que viene considerada como la mejor, la única posible y la universal. La visión androcéntrica confunde la humanidad con el hombre. Fuente: http://glosario.pikaramagazine.com/glosario.php?lg=es&let=a&ter=androcentrismo

[5]Heteropatriarcado: el patriarcado es un orden social, económico, cultural, religioso y político que determina que las mujeres como categoría social siempre estarán subordinadas a los hombres, aunque pueda ser que una o varias mujeres tengan poder, hasta mucho poder, o que todas las mujeres ejerzan cierto tipo de poder como lo es el poder que ejercen las madres sobre los y las hijas. Sin embargo, dado que el patriarcado se funda sobre la imposición normativa de la heterosexualidad, es decir de un conjunto de prácticas sexuales que implican una interpretación jerárquica de la diferencia anatómica entre los cuerpos de varones y mujeres, y que requieren del dominio masculino y la sumisión femenina, el sistema de dominación sexo-política se llama heteropatriarcado. Fuentes: http://glosario.pikaramagazine.com/glosario.php?lg=es&sec=terminos&let=P&ter=patriarcado, http://www.latice.org/kvin/es/hdtkv1009es.html

[6]Anamnesis: parte de la historia clínica de un/a paciente que recoge sus antecedentes familiares, fisiológicos, patológicos, etc, con vistas a un diagnóstico. Fuente: adaptado de http://www.medic.cat/

[7]Epidemiología feminista: la epidemiología es la rama de la medicina que estudia la distribución de las enfermadades en la población, su incidencia, prevalencia y determinantes, y produce conocimiento científico acerca de las mismas. La epistemología es el estudio de los fundamentos y métodos del conocimiento científico; en este contexto, frente a la epistemología tradicional donde el sujeto es una abstracción con facultades universales e incontaminadas de razonamiento y sensación, desde el feminismo se defiende que el sujeto del conocimiento es un individuo histórico particular cuyo cuerpo, intereses, emociones y razón están constituidos por su contexto histórico concreto y son especialmente relevantes para la epistemología. Por tanto, la perspectiva feminista se puede aplicar a la epistemología específica de cualquier ámbito del saber, en este caso, de la epidemiología médica.

[8]Terapia Hormonal Sustitutiva (THS): consiste en la administración de preparados hormonales a las mujeres en edad posmenopáusica, con la intención de mantener niveles hormonales parecidos a los que se dan fisiológicamente durante la etapa reproductiva y de este modo, presuntamente, reducir ciertos síntomas molestos de la menopausia. En la actualidad, la evidencia científica desaconseja su uso en la mayoría de las mujeres (ver bibliografía al final del artículo).
[9]Para un ensayo excelente acerca del tema de la identidad heterodesignada, entre otros, ver: Forcades-Vila, T. (2008). La teologia feminista en la història. Barcelona: Fragmenta Editorial. También muy recomandable es el clásico Friedan, B. (1963). The feminine mystique. Norton and Company.

 


 

Para saber más: bibliografía recomendada

 

  •  Hamberg, K. (2008). Gender bias in medicine. Women’s Health, 4(3), 237-43.
  •  Harris, D.J. y Douglas, P.S. (2000). Enrolment of women in cardiovascular clinical trials funded by the National Heart, Lung and Blood Institute. New England Journal of Medicine, 343, 475-80
  •  Lagro-Janssen, AL. (2008). Medicine is not gender-neutral: influence of physician sex on medical care Nederlands Tijdschrift voor Geneeskunde, 152(20), 1141-5.
  •  Laguna-Goya, N., Rodríguez-Trelle. F. (2008). Participación de las mujeres en los ensayos clínicos según los informes de la agencia española de medicamentos y productos sanitarios. Revista    Española de Salud Pública, 82, 343-50.
  • Oertelt-Prigione, S. y Regitz-Zagrosek, V. (Eds.). (2012). Sex and gender aspects in clinical medicine. Londres: Springer-Verlag.
  •  Risberg, G., Johansson, E.E. y Hamberg, K. (2009). A theoretical model for analysing gender bias in medicine. International Journal for Equity in Health, 8, 28.
  •  Rohlfs, I., Valls, C. y Pérez, G. (2005). Les desigualtats de gènere en la salut. En Borrell, C. y Benach, J. (Eds.), Evolució de les desigualtats en la salut a Catalunya (161-202). Barcelona: Editorial Mediterrània.
  •  Ruiz, M.T. y Verbrugge, M. (1997). A two way view of gender bias in medicine. Journal of Epidemiology and Community Health, 51, 106-109.
  •  Ruiz-Cantero, M.T, Vives-Cases, C., Artazcoz, L., Delgado, A., García-Calvente, M.M., Miqueo, C. et al. (2007). A framework to analyse gender bias in epidemiological research. Journal of Epidemiology and Community Health, 61(supl II), 46-53.
  •  Ruiz-Cantero, M.T. (2010). Sesgos de género en la atención sanitaria. Escuela Andaluza de Salud Pública.
  •  Ruiz-Cantero, M.T. y Verdú-Delgado, M. (2004). Sesgo de género en el esfuerzo terapéutico. Gaceta Sanitaria, 18(supl 1), 118-125.
  •  Valls-Llobet, C. (2009). Mujeres, salud y poder. Madrid: Cátedra.

 


 

etvperfil

Con 26 años, esta sabadellense es licenciada con premio extraordinario y doctoranda en psicología clínica y de la salud, máster en investigación clínica  aplicada a las ciencias de la salud, posgraduada en psicoterapia integradora y está a punto de acabar los estudios de medicina. Acaba de ser admitida para cursar el MSSc en Gender studies, intersectionality and change en la universidad de Linköping (Suecia).

Ha presentado parte de su tesis doctoral sobre sesgo de género en la práctica médica en la XXIX Jornada de Terapia del Comportamiento y Medicina Conductual en la Práctica Clínica, en Barcelona, y en el VIII Encuentro Nacional de Estudios del Discurso, en Valparaíso (Chile).

Más información en su página web, www.elisabettasavinyals.cat, y en @etvinyals (Twitter).

Fotografía: Gemma Marco Llobet

Publicat el 24 febrer 2015 a Entrevistes, General, Obrim el blog

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